
En un pueblecito de L´Horta Nord, de cuyo nombre no quiero acordarme, nació MARiquilla, entre naranjos y amapolas. Era un niña revoltosa y sentida: podía pasarse la tarde entera entre carreras y saltos, jugando a Superman u ordenando los ponnys de su colección, fieles amigos. Devoraba con igual pasión un libro de mayores que un cómic de los Barbapapa, y casi sin darse cuenta se estaba convirtiendo en una niña grande...
Entonces hizo las maletas, con destino a las Islas Británicas, y allí conoció el PoP, el color y la mantequilla en grandes dosis; volvió rumbosa y soñadora del inicio de un viaje que la llevó tiempo después a Granada, su ciudad de adopción. Allí, entre cines y cafés, soportando fríos y calores, pegó el estirón definitivo.
Sus maletas olían siempre a viaje y ya, por siempre, sería MARiquilla la yé-yé.
Hoy la podréis encontrar, queridos lectores, en un café, mirando soñadora por la ventana, o hundiendo su mirada en una novela, especialmente si es de Paul Auster. También se deja caer por las filmotecas, cual Amèlie, a ver peliculitas de Truffaut, o bailando en algún guateque esos ritmos pasados de moda que, a pesar de todo, todavía le hacen vibrar.
(texto cedido por Niño, con adaptaciones de Niña)